Cuando uno tiene en mente montar su propio negocio, ser su propio jefe, ser dueño de su futuro y todos los tópicos (y por qué no, realidades) que cualquier emprendedor maneja de una manera más o menos cotidiana, siempre está pensando en la parte romántica de comenzar una nueva actividad, bien sea lanzando un nuevo concepto de negocio, adquiriendo uno ya en funcionamiento o una fórmula mixta que podría ser la franquicia.
Y esta parte romántica que se tiene antes de comenzar es la principal que no se ha de perder, porque la vida del emprendedor que se torna a empresario (o al menos lo intenta) es como la vida del joven (o no tan joven) que se enamora de otra persona y se une a ella de manera, cuando menos al inicio, permanente.
Porque esta opción, que no podemos obviar que es en esencia un autoempleo, va a estar en la cabeza del emprendedor cada día, cada minuto y cada segundo, puesto que se ha convertido en su modus-vivendi y en su religión: ha de creer en ella, ha de mimarla y ha de hacer de ella su fuente de ingresos y el motor de su vida. (más…)

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